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viernes, 16 de agosto de 2013

EL DISCURSO EN MI OBRA DE ARTE:



Estando en clases con mi profesor de escultura, preparando una futura exposición de mis obras, aunque aún no tengo suficientes piezas con calidad de galería para poder hacer una exposición personal, siempre tengo largas polémicas con él, acerca del elemento discursivo en las obras de arte. Y me doy cuenta que los artistas están más preocupados por respaldar sus obras con algo profundamente trascendental y filosófico que por la obra en sí misma  y yo, que no soy tan dada a los desvaríos existencialistas, aunque filosofo muchas veces, no creo que la filosofía deba estar presente en todas las cosas de la vida, sino hubiera filosofía en todos los actos cotidianos desde lavar los platos hasta bañarse, filosofía del plato de comida, filosofía del sexo, filosofía del sueño y filosofía hasta del aire que respiras. 

No es que tenga nada en contra de la filosofía, muy por el contrario, la encuentro extremadamente interesante, pero siempre complicada, y no al alcance de las personas comunes, por lo intrincado de los razonamientos y la capacidad intelectual necesaria para emprender estos estudios tan profundos que son solo patrimonio de una élite, de algunos sabios privilegiados, en realidad muy pocos, contrastando con los infinitud de seres normales que a los que atormentan cosas más ordinarias y menos trascendentales.

Mi profesor se asombra cuando le digo que no quiero que mi obra tenga discurso, que dejaría en blanco los catálogos y les daría un bolígrafo a cada uno de los que visitaran mi exposición para que ellos mismos escribieran al dorso el discurso que encuentren en mi obra. Eso me complacería más que la crítica esmerada de un periódico hablando sobre el virtuosismo de mi obra. .

Me mira, con la misma sorpresa con que miraría un gourmet a alguien que, porque lo encuentra algo desabrido e insípido, echara azúcar prieta en una copa de vino refinado y más exquisito,  estropeándole el delicado bouquet. Pero la suerte es que sabe que no soy tan ignorante.

Y yo le digo que no quiero que mi obra tenga discurso, quiero que no pretenda decir nada más que lo que dice, yo no me preocupo del discurso, de hecho, no lo busco, yo me preocupo de la forma, la proporción, los símbolos, la belleza, el virtuosismo, la excelencia, me preocupo de la emoción y con algo de suerte, si mi obra tiene suficiente fuerza, hablará por sí misma.


Quiero que mi discurso sea la falta de discurso, como cierto pintor del que me ha hablado el profesor, del que no recuerdo su nombre que llenó toda una galería de lienzos en blanco, con toda una disertación filosófica sobre el vacío. U otro que vendió latas de sus propias heces, bajo la etiqueta de "Mierda de artista", yo no llego a tales extremos porque no quiero ser como algunos artistas que buscan desesperadamente el discurso de la obra,  los artistas que realmente necesitan ser filósofos para poder justificar las porquerías que hacen y pretender llamar arte. . 


Yo quiero reflejar en mis obras,  la pasión, tanto en mi escultura como en mi poesía, yo quiero aliarme a la emoción, a la belleza y a la magia, quiero que el espectador ante mi obra, llegue a ella sin opiniones pre formadas, quiero que dialogue con ella, y  que la juzgue a través de la emoción, que es el único modo en que me gustaría que la juzgara. Yo creo que el único discurso que es realmente posible para cualquier obra es el poder de dialogar con su espectador, sin mediadores, sin nadie que le de una opinión semi digerida a través de la cual pueda permitirse tener la suya propia. . 

Quiero que mi obra tenga el poder de emocionar al hombre común, de exaltar el espíritu humano, quiero sublimarme en ella, trasmitir cierta magia y belleza, cierta languidez, una actitud reposada o una acción detenida en el aire del movimiento, quiero armonía, ritmo, poesía, algo voluptuoso en una forma sinuosa, una curva femenina, de sensualidad implícita, cierta virilidad en algunos casos, en cualquier forma puntiaguda, un símbolo fálico,  evocadora de sexualidad masculina. Yo quiero darle forma a mi voz, sin abandonar mi estilo propio, quiero ser yo misma, una persona común, ordinaria que solo busca la manera de expresarse y traducir a formas y palabras la poesía y la belleza que me habita. 

 No quiero que traten de entenderla, el arte como la música que es también arte, está hecha para sentirla, el arte compromete a los sentidos, el intelecto compromete a la razón. El arte y el intelecto son antagónicos en cierto punto, porque compiten en la mente humana en pos de un sentimiento que no puede ser explicado,  porque el ser humano está demasiado centrado en lo intelectual y menos en lo emocional, en lo mágico y lo bello.

Para mí, la escultura es el arte visual del espacio y  la forma, la pintura el arte del color, la poesía el arte de la palabra, la danza el arte del movimiento, la música y el canto son artes auditivas, son artes para ser percibidas a través de los sentidos y estos  como su nombre lo indica están hechos para sentir. Y cuando uno verdaderamente disfruta de los sentidos no se concentra en pensar, la actitud es contemplativa, no reflexiva. Pensar puede contaminar el goce más puro de los placeres simples percibidos por los sentidos, que son primitivos y simples. Sino que venga alguien y filosofe acerca de los olores y sabores de todas las cosas posible, que filosofe acerca del sentido del tacto, que filosofe acerca del viento y la lluvia, si lo intentara lo más probable es que resultado solo sea poesía..  .

Yo no intento complacer a los críticos para que hagan buenas críticas de mi obra, no me interesan las élites esnobistas, que son los entendidos acerca del arte, que pretenden complicarlo tanto para ahuyentar a las personas comunes y adueñarse de espacios que pertenecen a todos, en un afán de sentirse superiores a los demás, y tener el privilegio de mirar por encima del hombro, al común de los mortales, incultos a sus ojos.

Esas cosas, el arte abstracta y enigmática, los críticos que como la fábula del rey desnudo, hacen creer a los demás que es oro la nada, lo único que consiguen es alejar a las personas comunes de toda forma de arte que no entienden, que les resulta enigmática y oscura y en los casos más extremos, una verdadera porquería.

Creo que la labor de un artista que pretende expresarse puede hacerlo en cualquier parte, sin buscar las más prestigiadas galerías, en un despliegue inaudito de ego. Creo nuestra labor sería la de acercar nuestra arte a  las personas comunes porque toda arte, toda obra humana es patrimonio de una raza, no de un montón de estirados que se creen mejor que lo demás.

Ese es mi discurso, ponerme al alcance de las personas comunes, regalarles belleza y magia, darles pasión, emoción, sentimiento, bajo cualquier forma en la que me exprese y que se jodan los críticos o que encuentren ellos mismos el discurso como su manera de dialogar con mi obra, yo no se los voy a facilitar en un catálogo para que sepan que decir o qué pensar.

Y si no se puede exponer una obra en una galería sin discurso filosófico  y con catálogos en blanco la expondré en plena calle, en los sitios más marginales y sucios de mi cuidad, por donde camina la gente como yo, la gente de pie y si vienen los críticos, los snobistas, , nosotros, los normales, los comunes, los incultos....
los miraremos por encima del hombro.
 



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